La soberanía británica en el Atlántico Sur pende de un hilo que no se maneja en Londres, sino en el Despacho Oval. Tras la reciente captura de Nicolás Maduro en Venezuela y las amenazas de anexión militar de Groenlandia, el gobierno de Donald Trump ha dejado claro que el derecho internacional es secundario frente a sus intereses estratégicos. En este nuevo orden, las Islas Malvinas emergen como la posible moneda de cambio en la alianza transaccional entre Trump y el presidente argentino Javier Milei.
El fin del “paraguas” estadounidense para Gran Bretaña
Históricamente, el Reino Unido ha dependido de la infraestructura de inteligencia y logística de los Estados Unidos para mantener su enclave colonial en el Atlántico Sur. Sin embargo, analistas de defensa advierten hoy que esa garantía ha expirado. Según expertos consultados por Sky News, la retórica expansionista de Trump y su desprecio por los compromisos de la OTAN sitúan a las Malvinas en una zona de peligro sin precedentes desde 1982.

“Nadie sugiere que las islas estén en la lista de compras directa de Trump, pero sí están en la de Milei”, señalan las fuentes. La diferencia crítica es que, mientras en el pasado Washington actuó como mediador o aliado británico, hoy Trump ve en Milei a su socio más leal en el hemisferio. La pregunta ya no es si Argentina tiene la capacidad militar, sino si Estados Unidos simplemente permitirá una nueva configuración del territorio a cambio de lealtad absoluta y recursos naturales.
El factor Milei: ¿Socio estratégico o satélite favorecido?
El escenario es sombrío. Argentina, bajo la administración de Milei, ha alineado su política exterior de forma total con la Casa Blanca, permitiendo incluso la instalación de bases operativas estadounidenses en suelo austral. Este servilismo geopolítico parece tener un objetivo claro: obtener el “visto bueno” de Washington para avanzar sobre las islas.
Por otro lado, el Reino Unido representa un colonialismo anacrónico que se aferra a la autodeterminación de una población implantada para asegurar el control del petróleo en el proyecto Sea Lion. Sin embargo, sin el apoyo de la Marina de EE. UU., la capacidad de la Royal Navy para defender un territorio a 13.000 kilómetros de distancia es, en el mejor de los casos, cuestionable.
El espejo de Groenlandia y el colapso de la OTAN
La amenaza de Trump contra Dinamarca por Groenlandia ha servido como un “aviso de incendio” para el Foreign Office británico. Si Trump está dispuesto a romper la OTAN para apoderarse de un territorio ártico, no tendría reparos en abandonar a un aliado europeo para favorecer a su “amigo” Milei en el sur.
La secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, fue tajante: “Utilizar las fuerzas armadas siempre es una opción”. Esta doctrina de la fuerza bruta invalida cualquier tratado diplomático previo. Para el Reino Unido, esto significa que las Malvinas son hoy más vulnerables que nunca, no solo por la presión argentina, sino por la volatilidad imperialista de su supuesto mejor aliado.
Recursos y Geopolítica: El botín del Atlántico Sur
Detrás de la bandera y el orgullo nacional, subyace la verdadera motivación: el control del petróleo y la proyección hacia la Antártida.
- El imperialismo extractivista: Tanto Londres como Washington ven en las aguas circundantes a las Malvinas una fuente de recursos energéticos vitales.
- El control militar: Para Trump, las islas podrían funcionar como un punto de control estratégico que, en manos de un aliado dócil como Milei, serviría a los intereses estadounidenses sin el costo político de mantener una colonia propia.
Las Islas Malvinas se encuentran atrapadas entre dos fuegos: un imperio británico en decadencia que se resiste a abandonar sus últimas joyas coloniales, y un imperio estadounidense resurgente que no tiene aliados, sino intereses. En enero de 2026, el futuro de las islas no parece decidirse en las urnas ni en los foros internacionales, sino en la sintonía personal de dos líderes decididos a redibujar el mapa del mundo a cualquier costo.
