Donald Trump ha vuelto a pisar suelo chino. Casi una década después de su última visita como jefe de Estado en 2017, el presidente estadounidense aterrizó este miércoles en Pekín con un despliegue que mezcla la pompa diplomática con una agresiva agenda de negocios. Bajo el estruendo de los cánticos de bienvenida y la alfombra roja extendida en la pista, el mensaje de la Casa Blanca es nítido: Estados Unidos no busca solo un diálogo, busca una apertura estructural del mercado chino para sus mayores titanes tecnológicos.
La presencia de figuras como Elon Musk (Tesla) y Jensen Huang (Nvidia) en la delegación oficial no es casual. Trump busca apalancar el liderazgo estadounidense en inteligencia artificial y movilidad eléctrica para forzar una grieta en el proteccionismo de Xi Jinping. “Le pediré que ‘abra’ China”, sentenció Trump en redes sociales, elevando la apuesta antes de su encuentro en el Gran Palacio del Pueblo.
La sombra de Irán y la energía global
Más allá de los aranceles, la urgencia de esta cumbre está marcada por el conflicto en Oriente Medio. La guerra contra Irán, iniciada a finales de febrero, ha puesto en jaque el suministro energético global. Trump llega a Pekín con la intención de presionar a Xi —el principal salvavidas económico de Teherán— para que utilice su influencia y facilite una salida a la crisis en el Golfo. Aunque el mandatario estadounidense afirma “no necesitar ayuda”, la realidad táctica dicta que sin la cooperación china, el bloqueo de los puertos iraníes seguirá siendo una fuente de fricción constante que amenaza con disparar la inflación mundial.
Una tregua frágil en el tablero tecnológico
El jueves, la Plaza Tiananmén será el escenario de una disputa que los expertos describen como un “partido de rugby” diplomático. Sobre la mesa no solo está la prórroga de la tregua arancelaria alcanzada en octubre, sino el control de los recursos del siglo XXI: las tierras raras y los semiconductores.
Pekín, representado por el portavoz Guo Jiakun, mantiene una postura de “colaboración para gestionar diferencias”, pero la desconfianza es profunda. Tras los enfrentamientos comerciales de 2025, donde ambos gigantes se impusieron restricciones punitivas, esta cumbre representa el intento más serio por estabilizar una relación que define el equilibrio de poder en el Pacífico, con la cuestión de Taiwán siempre latente como el punto de ruptura potencial.
La reunión entre el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y el viceprimer ministro He Lifeng en Corea del Sur de forma paralela, sugiere que hay canales técnicos intentando desactivar la bomba de relojería económica. Sin embargo, el éxito de la misión dependerá de la química personal entre Trump y Xi, dos líderes que, pese a sus profundas divergencias, saben que el aislamiento mutuo es un lujo que ninguna de las dos potencias puede permitirse en el actual clima de inestabilidad global.
