El paisaje urbano de Venezuela, durante más de una década saturado por el rostro omnipresente de Nicolás Maduro en vallas publicitarias, transmisiones televisivas obligatorias y murales populares, experimenta una metamorfosis radical. A meses de su estrepitosa caída, el aparato estatal de la nación caribeña ejecuta un silencioso pero sistemático borrado de su figura, dando paso a una compleja transición política tutelada de cerca por la Casa Blanca.
La actual fisonomía del poder venezolano se consolidó tras cumplirse los primeros 100 días de gestión de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez. Bajo el sugestivo lema «El inicio de una nueva etapa», la propaganda gubernamental ha reconfigurado sus prioridades, archivando la agresiva retórica que caracterizó los días posteriores al 3 de enero de 2026, fecha en que Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron capturados por fuerzas especiales estadounidenses y trasladados a Nueva York para enfrentar cargos federales por narcotráfico.
Del clamor callejero al pragmatismo oficial

En las semanas inmediatas a la detención del exmandatario, las autopistas de Caracas se poblaron de carteles con la consigna «Los queremos de vuelta», acompañados de movilizaciones sociales que exigían su liberación. Sin embargo, ese fervor inicial se ha disipado. Hoy, las marchas han cesado y la propia Rodríguez evita mencionarlo en sus alocuciones públicas, priorizando una agenda de marcado pragmatismo económico y diplomático.
Presionada por Washington, la administración interina ha dado un giro de 180 grados en su política soberana:
- Apertura energética: Reformas profundas en las leyes de hidrocarburos y minería para otorgar concesiones ventajosas a capitales estadounidenses.
- Línea directa con la Casa Blanca: Canales de negociación abiertos con la administración de Donald Trump, quien ya celebra el control de facto sobre los negocios energéticos del país con las mayores reservas de crudo del planeta.
- Pacificación interna: Impulso de una amnistía política para excarcelar a decenas de opositores, buscando legitimidad internacional.
«Asistimos al retiro de la figura de Maduro de los espacios públicos debido a una nueva intencionalidad política, alineada con los esquemas de alianzas continentales entre Caracas y Washington», señala Eduardo Valero Castro, politólogo de la Universidad Central de Venezuela.
Fracturas en el bloque oficialista
Este viraje hacia lo que sectores radicales denominan un “protectorado estadounidense” ha levantado alarmas y fisuras históricas dentro del chavismo. Figuras históricas como el exdiputado Mario Silva han criticado abiertamente al núcleo duro del gobierno, incluyendo al ministro de Interior, Diosdado Cabello, acusándolos de una “débil campaña” por el retorno de Maduro y de capitular ante el histórico enemigo imperialista.
Por su parte, Delcy Rodríguez defiende su postura alegando lealtad “hasta el último segundo”, argumentando que las concesiones actuales son sacrificios necesarios para la supervivencia del Estado. En las bases, la división es palpable: mientras la militancia más longeva protesta discretamente por el olvido de su antiguo líder, los sectores productivos y analistas coinciden en que la prioridad ha mutado hacia la estabilidad económica. Si la gestión actual logra contener la crisis financiera bajo el nuevo esquema tutelado, el proceso de olvido de la era de Maduro se acelerará definitivamente.
