Las disputas entre potencias ya no se desarrollan únicamente mediante ejércitos, sanciones económicas o competencia tecnológica. La geopolítica de la cultura también ganó terreno: los derechos de las mujeres, las políticas de género, las diversidades sexuales, la religión y los llamados “valores tradicionales” forman parte de una confrontación internacional sobre qué modelos políticos y sociales deben prevalecer.
No significa que estas reivindicaciones sean creadas artificialmente por los Estados. Los movimientos feministas y de diversidad poseen historias, organizaciones y demandas propias. Sin embargo, gobiernos y organismos internacionales incorporaron algunas de estas agendas a sus políticas exteriores, mientras otros Estados construyeron discursos de rechazo presentándolas como expresiones de una influencia cultural extranjera.
El resultado es una disputa que atraviesa fronteras y transforma cuestiones originalmente sociales en elementos de diplomacia, poder blando y política internacional.
Los derechos también forman parte de la política exterior
Durante las últimas décadas, varios gobiernos incorporaron explícitamente la igualdad de género a su acción internacional.
Suecia fue pionera al adoptar en 2014 una política exterior feminista. Después aparecieron diferentes modelos en países como Canadá, Francia, México, España, Alemania, Chile y Colombia. No existe una definición única: algunas estrategias se concentran en representación diplomática, otras en cooperación internacional, derechos humanos, asistencia económica o seguridad.
ONU Mujeres señala que estas políticas pueden abarcar diplomacia, desarrollo, comercio, seguridad y cooperación internacional. También reconoce contradicciones y dificultades para convertir compromisos políticos en resultados concretos.
La Unión Europea también incorporó la defensa de los derechos LGBTIQ a diferentes políticas internas y externas. Esta dimensión puede transformarse en un punto de fricción cuando Bruselas considera que un Estado vulnera derechos fundamentales.
El caso de Hungría mostró hasta qué punto las cuestiones culturales pueden convertirse en disputas institucionales dentro de Europa. Las restricciones impulsadas durante el gobierno de Viktor Orbán fueron cuestionadas por las instituciones europeas y terminaron formando parte de un enfrentamiento más amplio sobre derechos, soberanía y competencias comunitarias.
Geopolítica de la cultura: la respuesta de los “valores tradicionales”
En sentido contrario, distintos gobiernos han convertido la defensa de los denominados “valores tradicionales” en una herramienta política y diplomática.
Rusia constituye uno de los ejemplos más visibles. Vladimir Putin ha presentado reiteradamente a su país como defensor de valores familiares y religiosos frente a lo que describe como una degradación cultural occidental.
La dimensión llegó incluso al entretenimiento. Moscú recuperó el concurso musical Intervisión como alternativa a Eurovisión y estableció entre sus principios la promoción de valores “tradicionales, universales, espirituales y familiares”.
Pero esta confrontación tampoco se limita a Rusia.
En Uganda, la legislación contra las relaciones homosexuales generó sanciones y fuertes cuestionamientos internacionales. Sus defensores, en cambio, acusaron a organizaciones y gobiernos occidentales de intentar imponer valores externos. La disputa terminó mezclando legislación interna, derechos humanos, religión, cooperación económica y relaciones internacionales.
Es precisamente allí donde la geopolítica de la cultura adquiere importancia: una discusión doméstica puede transformarse rápidamente en un conflicto diplomático.
Derechos humanos, poder blando y contradicciones
Esto plantea una pregunta más compleja: ¿la defensa internacional de determinados derechos constituye solamente una política de principios o también puede funcionar como instrumento de poder?
Ambas dimensiones pueden coexistir.
Los Estados utilizan históricamente valores, cultura, educación, medios de comunicación y modelos sociales para construir influencia internacional. Los derechos humanos pueden formar parte de esa proyección, del mismo modo que otros gobiernos utilizan religión, nacionalismo o valores familiares para reforzar alianzas y diferenciarse de sus adversarios.
Eso no convierte automáticamente las reivindicaciones sociales en operaciones geopolíticas.
La cuestión aparece cuando los Estados aplican esos principios de manera selectiva, denuncian determinados abusos mientras mantienen relaciones estratégicas con gobiernos cuestionados o presentan sus propios valores como una característica civilizatoria frente a sus rivales.
Incluso estudios sobre políticas exteriores feministas han señalado problemas de coherencia. Un análisis difundido por ONU Mujeres menciona, por ejemplo, las críticas surgidas por la convivencia entre determinadas políticas de igualdad y relaciones comerciales o militares con países cuestionados por su situación de derechos humanos.
La identidad como escenario de competencia internacional
La disputa cultural contemporánea tampoco necesita tanques para atravesar una frontera.
Redes sociales, medios de comunicación, organizaciones religiosas, producciones culturales, campañas políticas y plataformas digitales permiten que debates surgidos en un país se reproduzcan rápidamente en otro.
Conceptos como familia, feminismo, identidad de género, soberanía cultural o libertad sexual adquieren entonces una segunda dimensión. Además de discusiones internas, pueden convertirse en elementos de diferenciación entre modelos políticos.
Por eso resulta insuficiente dividir el escenario entre un Occidente “progresista” y un bloque rival “conservador”. Existen profundas diferencias dentro de cada región y las políticas pueden modificarse con los cambios de gobierno.
La geopolítica de la cultura muestra, en definitiva, que la competencia internacional también se libra sobre ideas, identidades y modelos de sociedad.
Los derechos de las mujeres y de las diversidades mantienen una dinámica social propia, pero al mismo tiempo ingresaron en el lenguaje de la diplomacia y de la competencia entre Estados. Del otro lado, la reivindicación de los valores tradicionales también se transformó en una herramienta de movilización interna y proyección internacional.
La batalla global por las identidades no reemplaza a la disputa militar, económica o tecnológica. Se superpone con ellas y agrega un nuevo territorio de competencia: la definición de qué valores pretende representar cada potencia y cómo busca proyectarlos más allá de sus fronteras.
