El día que Argentina fue a la guerra del Golfo: El espejo incómodo de la política exterior de 2026

La diplomacia argentina frente al espejo de la historia

La reciente disposición de los Estados Unidos de considerar opciones militares para escoltar buques en el Estrecho de Ormuz ante las crecientes tensiones con Irán ha reactivado una conversación fundamental en la política exterior argentina: ¿Hasta dónde debe llegar el alineamiento estratégico en conflictos globales? Para entender la encrucijada actual, es obligatorio mirar hacia atrás, a 1990, cuando la Argentina tomó una decisión que marcó el fin definitivo de una era diplomática y el comienzo de un paradigma de inserción internacional distinto.

El Operativo Alfil: El fin de la neutralidad (1990-1991)

Hace 35 años, el escenario mundial era el Golfo Pérsico, convulsionado por la invasión de Irak a Kuwait. En un giro drástico frente a su tradicional neutralismo, la Argentina de Carlos Menem decidió romper el aislamiento mediante el Operativo Alfil. Bajo el marco de las Resoluciones 661, 665 y 678 del Consejo de Seguridad de la ONU, el país desplegó la Fuerza de Tareas 88 (FT.88), una misión sin precedentes para la Armada Argentina.

Un despliegue logístico y operativo sin igual

La capacidad de reacción de la Armada fue puesta a prueba. En un tiempo récord de 30 días, el país alistó unidades navales para operar a 11.000 millas de distancia.

  • Primer Grupo (Septiembre 1990): El destructor ARA “Almirante Brown” y la corbeta ARA “Spiro” iniciaron el despliegue, recorriendo más de 39.000 millas náuticas en tareas de interdicción marítima. Según testimonios como los del Almirante Enrique Molina Pico, la misión implicó un desafío profesional inmenso, desde el mantenimiento de los buques en climas extremos hasta la coordinación con fuerzas de una coalición multinacional.
  • Segundo Grupo (Febrero 1991): El relevo estuvo compuesto por la corbeta ARA “Rosales” y el buque transporte ARA “Bahía San Blas”. Este último fue vital para el envío de ayuda humanitaria (leche en polvo, trigo y medicinas), consolidando una faceta de la misión que buscaba equilibrar el perfil bélico con la asistencia civil.
  • Resultados tácticos: Durante la fase Desert Storm, los buques argentinos realizaron cerca de 700 interceptaciones marítimas, ejecutando escoltas de convoyes logísticos y operando en zonas de combate, lo que les valió el reconocimiento técnico de la coalición internacional.

El debate interno: ¿Inserción soberana o alineamiento automático?

El Operativo Alfil no fue solo una hazaña naval; fue un campo de batalla político. En el Congreso, el debate entre el oficialismo (PJ) y la oposición (UCR) dejó al descubierto dos modelos de país:

  1. La estrategia del alineamiento: Defendida por la cancillería de la época, sostenía que, ante el “Nuevo Orden Mundial” tras la caída del Muro de Berlín, Argentina debía abandonar confrontaciones innecesarias para demostrar compromiso incondicional con el bloque occidental y obtener réditos económicos.
  2. La crítica a la subordinación: Sectores opositores denunciaron la falta de consulta legislativa y advirtieron que este alineamiento, lejos de generar autonomía, ataba al país a la agenda de seguridad de terceros, erosionando la capacidad de formular una política exterior soberana.

Guerra en Irán de 2026: La retórica de la “guerra ganada” y sus sombras

Hoy, el tablero geopolítico es infinitamente más complejo. Mientras Washington solicita colaboración para proteger el tránsito de energía en el Estrecho de Ormuz ante las constantes tensiones con Irán, el gobierno de Javier Milei ha adoptado una postura de alineamiento explícito. Durante su reciente exposición en la Universidad Yeshiva de Nueva York, el mandatario fue contundente: “Irán es nuestro enemigo”, ratificando su alianza estratégica con los Estados Unidos e Israel. Con una narrativa que enfatiza la victoria inminente contra países como Cuba, Venezuela e Irán, el gobierno ha elevado el tono de la política exterior argentina a niveles que no se veían desde la década del 90.

Sin embargo, esta postura plantea interrogantes legítimos sobre el margen de maniobra de Argentina en el concierto internacional. Desde diversas corrientes de pensamiento político y analistas de relaciones internacionales, se advierte que bajo este esquema de alineamiento total, nuestro país corre el riesgo de ser arrastrado a un conflicto de escala regional que trasciende nuestros intereses nacionales directos. Al declarar a Irán como “enemigo” en foros internacionales y comprometerse activamente en la arquitectura de seguridad de terceros en el Medio Oriente, se argumenta que el gobierno podría estar sacrificando la histórica tradición argentina de mediación y equidistancia, convirtiendo al país en un actor secundario en disputas ajenas.

Lo que desde el Poder Ejecutivo se presenta como una “victoria” ideológica o un acto de coherencia estratégica, para otros observadores es una arriesgada delegación de la autonomía nacional. La historia del Operativo Alfil nos enseña que el despliegue de fuerzas —o el posicionamiento retórico de alto perfil— no es una anécdota, sino una decisión que condiciona la política interna y externa por años.

La gran incógnita para 2026 es si la sociedad y las instituciones argentinas están preparadas para las consecuencias de este involucramiento. ¿Estamos frente a una inserción pragmática y beneficiosa, o estamos repitiendo el error de subordinar la agenda nacional a los intereses de potencias en conflicto? En un mundo multipolar y crecientemente volátil, la diplomacia exige una precisión que la narrativa de la “guerra ganada” corre el riesgo de nublar, dejando de lado los costos estratégicos y de seguridad que, en última instancia, deberá absorber la Argentina.

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